dimecres, 10 de novembre del 2010

EL CANDIL

Dicen que un día destapó sus ojos y los vientos le trajeron un murmullo que le hicieron mirar hacia el lado oculto de las sombras y allí, agazapada, descubrió la sombra de un candil. Tenía una forma hermosa, tanto, que fascinó a sus ojos ingenuos creando dentro de su ser un frenesí irreconocible. No conformándose con sólo mirarla, quiso encontrar el objeto que la creaba desde la desazón que destilan los pálpitos anónimos. Una y otra vez su mirada iba de un punto a otro como un náufrago que no sabe qué rumbo tomar. En su ruta variable, halló otros objetos que bien podían llamar su atención, pero la necesidad de encontrar el único y deseable hizo que todo lo demás dejara de existir sin importarle lo más mínimo. A pesar de sus esfuerzos, la luz no aparecía y al final el desánimo le hizo cerrar de nuevo los ojos llevándose con ese gesto la deseada luz del candil, que desapareció como lo hacen las palabras y los gestos que no dejamos salir más allá de nosotros.

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