En el letargo de la noche supo que la condena se iba a cumplir esa misma mañana. Las señales de su certeza eran inequívocas: el viento calmo, el canturreo ausente de los grillos, el parón de la gotas de lluvia antes de estallar contra el suelo y un cometa a medio atravesar, detenido en el horizonte escurridizo.
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