El despertador dio la vuelta a las manecillas y en el momento exacto que faltaba poco para dejar oír su música matutina, se dio cuenta que Lucía dormía tan plácidamente que, compasivo, decidió ensordecer su timbre. Y, llegado el momento, empezó a sonar hacia dentro. Claro, si se hubiera podido desprogramar, se hubiera ahorrado pasarse todo el rato dando brincos y vibrando sin parar, pero él era un despertador barato y eso no constaba en su historial mecánico. Suerte que cuando le faltaba muy poco para volverse loco con tanto ruido y vibración internos, empezaron a desconyuntársele piezas de arriba, de abajo y de todos los lados que lo dejaron calladito para siempre. Hasta los números le salieron corriendo como si estuvieran rodando una estampida. Y eso que había empezado siendo un gesto de amabilidad se convirtió en el inicio de una catástrofe: no fue sólo que Lucía pudiera retozar un poco más, es que no se despertó y eso provocó que tampoco se despertaran ni Juan ni los niños... Por lo que esa mañana, nadie fue a trabajar ni a la escuela y, por consiguiente, Lucía no llegó al centro de recuperación de animales y Lola, la hurón con más respuesta humana de todos los animales que habían allí, cuando vio que Lucía no aparecía, se negó a comer y además empézó a hacer cosas muy extrañas hasta que se metió por algún lugar que nadie pudo ver y se escapó sin que los demás trabajadores se dieran cuenta. Para cuando eso pasó, Lola ya había llegado a la masía de la señora Pietat y se había empezado a merendar a las gallinas, los conejos, los patos y alguna que otra oca. Así que corrieron a dar la voz de alarma y llamaron al móbil de Lucía quien sobresaltada contestó con la voz ronca de haberse quedado dormida por no haber sonado el despertador.

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