En un nuevo día, como cada mañana, las ventanas se abrieron de par en par, automáticamente, para dejar paso a la luz del sol, pero éste, conchabado con la luna, no salió de su guarida provocando que la oscuridad permanente de la noche parara el tiempo. Fusionados en una estampa plana, se miraron tan de cerca que los pensamientos se mimetizaron. Un golpe de urgencia les hizo parpedear: debían decidir rápido qué hacer puesto que disponían de pocos minutos antes de que el reloj biológico de Andrés le hiciera despertarse y fuera, como cada mañana, a darle los buenos días a su madre, que yacía en su cama.

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