Surcos cercanos que invocan a los duendes de la noche en busca de aguas furtivas para danzar en las superficies irregulares. Tableros de ajedrez que descuadran los ángulos para trazar formas infinitas en callejones oscuros, de noches que se han quedado sin relieve. Deseos que naufragan en reflejos celestes, ausentes de tablas, ausentes de sonidos, ausentes de movimientos... en mares huérfanos, que desnudan la palidez de las caras antes de que se sonrojen, antes de que el fruto germine en su duna estéril. Luces olvidadas en regazos de ayeres o quizás de nuncas. Chasquidos que resuenan en lugares extraños de un cuerpo desconocido, que viene y se va por caminos de luces y sombras sin más maleta que el susurro de la luna guardado en el compartimento central. Amaneceres sin mapa en los que siluetear un camino que busca curioso los pasos que lo lleven hacia él mismo.
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