Al nacer el niño, todos se percataron de su mirada triste y de su piel dulce como la caña de azúcar. Sus familiares, temiendo que los animales salvajes lo tomaran como presa fácil, le construyeron un caparazón transparente alrededor de su corazón. Dicen que sigue vivo, casi feliz, pero vive temeroso ante el sentir, sin conocer qué hay al otro lado de ese muro infranqueable.

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