Nada más llegar al infierno, supo la lumbre que iba a ver cumplido su deseo de vivir eternamente. Pasó el tiempo y descubrió con gran pesar que soplidos como la muerte, el abuso, los silencios, las mentiras, las ausencias... eran los que alimentaban ese fuego para hacerlo infinito. Quiso entonces compensar el dolor a los desamparados que segundo a segundo llenaban las hileras con llantos y, contra lo convenido, repartió un poco de su brasa en cada uno de sus corazones. Quizás por eso, dicen que si alguien abre su corazón y siente arder su llama, detrás de esa vivacidad que abriga el alma, siempre está agazapado el canto amargo de lo absurdo.
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