Incapaz de sentirse correspondido, humildemente aceptó su derrota y se hizo polvo. Durante un tiempo vivió en el camino que recorrían los pasos de su amada y ella sentía como en ese tramo sus pies se deslizaban con una ligereza tenue, como de caricia lejana. En cambio, en los días de lluvia, el polvo hecho barro le servía a la muchacha para cubrir su cuerpo y su melena de un manto en donde la arcilla moldeadora de deseos audaces parecía arrancarle cada latido. Poco tiempo después, ese barro, ya reseco, desparramó nuevas partículas hasta los labios de su amada donde dicen que aún permanecen.

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