Cuando irme es trazar un camino hacia ninguna parte, despierto al dragón dormido del pozo profundo de lo incierto y vuelo con él por las laderas abruptas hasta llegar al sinfín de los días. Allí observo el reflejo de mis huellas y las veo corretear de un lado a otro dejando los labios al desnudo mientras silban recuerdos. Tomo de ellas el farolillo de los luceros y lo pongo ante mi, colgado de una caña. Su luz potente activa mi brújula que, sin más, desmenuza todas las sendas posibles, olvidadas, aparecidas..., no importa si angostas o curvas, como tampoco si fueron habitadas por otros latidos, si se vistieron de locura para detener el paisaje o si las entrañas les cerraron el habla... Y entonces, como si fuera un espejismo de arena blanca, aparece ante mi, luminoso, único... el sendero que tal vez consiga atraer mis pasos.

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