Tu sombra y mi sombra se dieron cita en el jardín de los cuerpos invisibles y allá, casi en silencio, para no despertar los insomnios de los dioses del tiempo, se amaron hasta ensombrecer la línea del horizonte con un azul nítido que despuntaba a lo lejos. El efecto de su misma luz las encandiló y al separarse algo de una quedó en la otra. Desde entonces mi cuerpo espera el atardecer que la hace descender a ras de tierra. Y te palpo. Y te siento más cerca.

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