Cerrar una puerta tiene siempre el eco del duelo, de la nostalgia... a veces de la liberación, pero yo no creo que me sienta liberada, más bien tengo la sensación de querer llevarme todas las huellas que habitan esta casa. ¡Qué osadía! Como si uno pudiera recoger en un puño más de ochenta años de suspiros. ¿Dónde metería el miedo de la guerra o el dolor de haberte perdido? ¿Dónde, la primera y única vez que me enamoré del hombre que me ha acompañado durante más de sesenta años? (Dios, no sé cómo me voy a poder ir sin ti y, sin embargo, el futuro se viste a veces de crueldades absurdas.) ¿Dónde, el amparo continuo de todos los que habéis tendido manos sobre mi alma que se hizo fuerte sin saberlo?

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