Volver a casa es habitarte. Trasnochar los placeres hasta el quiebro, enloquecer las manecillas del reloj para impedir que se encuentren y sigan su tintineo.
Volver a casa es santiguarse ante el milagro de lo hallado. Palpar tus ojos, bendecirlos con el mar de las sonrisas y beber a sorbos cada pliegue que te envuelve. Volver a casa es encender todos los faros y aún así, festejar naufragios de piel. Es salir del ring con el alma llena y volver.
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