Vencimos la muerte y las grietas trajeron lluvias para llenarse de cauces, de siembras, de cortejos. En un sinfín de ademanes huérfanos los tordos volaron sobre las nubes gastadas y los vencejos se llevaron el polvo del olvido, el pulso añejo. Más allá de las manchas azules de algún mar difuso, echamos el ancla y la abundancia trajo el gesto amigo, la savia que alimenta, la palabra que crece, acompaña... el contar tú conmigo y yo contigo.
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