Urge salir, descomponer el paisaje de cada día, deshacer los vértices, hasta hacerlos añicos si es preciso. Urge volar, sin más, no importa la altura, volar por flotar, sin rozar ni quebrarse con lo inmóvil y perecedero, solo estar en el aire formando parte del vaivén que mece el miedo y lo adormece en la noche en la que la Tierra calla. Urge desparramar los aullidos silenciados antes de que los campos huelan a cosecha nueva, antes de que ese cruce de caminos desaparezca en la polvareda y ya no hayan huellas ni ecos que me lleven a ti.
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