Salen por la noche, son sombras errantes que esperan el cobijo que da la oscuridad para desplazar sus cuerpos repletos de nodrizas esperas, de sesgados alientos. Vagan por calles ocupadas por rostros que no miran, por pasos que no van a ninguna parte. Sólo se escucha el latido anónimo de unos corazones que no buscan ningún encuentro. Entonces llega el alba y con ella el absurdo de volver a un quehacer asfixiante que espera el crepúsculo para dejar de ser.
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