Todos los adioses iban desapareciendo de su memoria auditiva poco a poco. Ciega de nacimiento, Manuela luchaba por mantener vivos los sonidos que le seguían acercando a los seres más queridos como aquél que guarda las fotografías antiguas en una caja de galletas y mira con los ojos inválidos, lo que el tiempo se ha llevado a algún rincón del silencio. Una brisa quieta para un alma que se adormece, un graznido que ya no rompe ningún corazón. Así pasaba los días pero sobre todo las noches. Así hasta que la voluntad cruel de las ondas no le permitió recordar la voz de madera de su hijo mayor. Entonces, como si un abanico hubiera cerrado de golpe su movimiento tenue, echó el pestillo a su vida.
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