El deseo salió por la boca, se miró en el espejo del otro y encontró la puerta por donde espaciar su señorío. Sin detenerse, ahuecó todo lo sobrero y se centró en el instante y en lo próximo. Uno a uno, los segundos junto con los minutos se amontonaron en el trastero de lo conocido esperando nuevo aviso. Allí los encontraron las horas, que bastante confundidas estaban por tanto abandono; nunca su pasar por el tiempo había supuesto un tic-tac tan monocorde. Sin tiempo existente, pues, y con un espacio reiniciando su quehacer continuo, el vagar por los impulsos supo con todo ello que el día traía rosas rojas para ahuyentar los soplos del olvido.
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