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dimarts, 17 d’agost de 2021




 LA PALABRA VERANO

 
Verano sale de la boca y, para mi, que nací delante del mar, dibuja un universo paralelo de un color azul tan intenso que los peces necesitan llevar visera para nadar junto a tus pies. Pareciera que la arena del mar se peinara para estar reluciente mientras tu cuerpo gravita en una órbita que sólo trae paz y algún silencio, roto solamente por el roce de las olas contra las rocas.
 
Hay tantos veranos repartidos en cada uno de nosotros… El de mi niñez transcurrió durante muchos años en la playa de Sant Adrià de Besòs. Sí, parece mentira que esa fuera una playa gloriosa, con su merendero que atraía a un montón de bañistas. Lo fue, sí. Pero si la recuerdo con una cierta nostalgia es porque tenía una zona protegida por grandes moles de rocas donde el agua siempre llegaba como un remanso. Esa quietud provocaba en nosotros, a los tropecientos primas y primos y a mi hermana y a mi que íbamos cada día de verano, sentir el mar como un amigo; siempre acogiéndote con esa tranquilidad y paciencia que, cuando una no sabe nadar, y además tiene un miedo inexplicable (o muy explicable) al agua, es como llegar a un puerto seguro.
 
Las industrias de la zona y la desembocadura del río Besòs no tardaron mucho en llenarla de capas y capas aceitosas, de alquitrán y ves a saber de cuántas otras cosas más. Así que desplazamos nuestros baños a Badalona, pero ese mar abierto ya no era el mismo. Ya no había esa mano complaciente donde dejarse mecer. Fue ahí, creo, en los días donde el mar estaba en calma, que aprendí a pedirle permiso para entrar en su casa y dejarme llevar por su vaivén imparable. Y así sigo haciéndolo hasta el día de hoy, como parte de un ritual: cuando me sumerjo en la orilla, lo miro a lo lejos, escucho su voz y dejo sentir la furia o la caricia de sus olas bajo mis pies, para saber cuánto trae de allá dentro y cómo me recibe aquí fuera. En ese diálogo, los dos nos sabemos reconocer.
 
A Badalona también le tocó su turno y en poco tiempo la suciedad llegó a su playa, así que mi padre fue buscando otros destinos y ahí llegaron Montgat, Ocata, Montsolís… Desde la orilla veía a los peces y me sentía parte de ese mundo. Como los juegos en el agua no estaban hechos para mi (le seguía teniendo tanto terror que no permitía que se me acercara nadie a dos metros), mi padre se inventaba olimpiadas para que todos los primos jugáramos en la arena. Eran días de risas y sal.
 
El periplo para alejarnos de la mancha amenazante nos llevó hasta Caldetas. En cuanto pisé una de sus numerosas calitas, me sentí como en casa. De nuevo ese mar en calma me daba la bienvenida. No era la balsita de la playa de Sant Adrià, pero allá, sus aguas también destilaban quietud.
 
Durante muchos años, esos fueron nuestros veranos. Como en casa nunca tuvimos coche, el quehacer del viaje en tren hacía que desde buena mañana ya empezáramos cada uno a hacer sus tareas para llegar a la estación a tiempo y ser de los primeros en ver el mar. Mi madre iba a comprar, mi hermana y yo ordenábamos la casa y mi padre preparaba las cosas para pasar el día. Siempre recuerdo esos melocotones fresquitos que él nos guardaba para la vuelta, al tomar el tren.
 
A todo esto, yo seguía sin saber nadar… El miedo había hecho de ese detalle una misión imposible. A los cursos que organizaban en la piscina de Sant Adrià sólo había asistido al primer día (o ni eso) en el que una monitora, muy adelantada en prácticas pedagógicas sobre cómo conseguir que una cría pierda el miedo al agua, no se le ocurrió otra cosa que tirarme en la parte honda esperando que yo reaccionara. Mientrastanto, yo la miraba bajo el agua preguntándome a qué esperaba para rescatarme con el gancho que tenía en las manos. Desde entonces el olor de cloro sigue provocándome escalofrío.
 
Mi padre sí supo qué hacer. Él, que había aprendido a nadar tirándose a una poza o algo así en Dar Drius donde si no llegaba a la otra orilla se ahogaba, me trajo un día un chaleco. Era de color naranja, estilo butanero. Nada discreto, pero fue mi gran amigo. Con él empecé a nadar y nadé y nadé y nadé recorriendo calita a calita por esa Caldetas de mar amable, hasta confundirme con el Sol.
 
Un día, sentí que era el momento de despedirme de él. Dejé mi cuerpo caer en el mar sin mi armadura naranja. No temas, me dijo el mar, yo te sostengo. Y así estoy desde entonces: dejándome sostener, volviendo a él cada vez que puedo, como quien regresa a casa, fundiéndome en esa ligereza, en ese silencio… Sintiéndome parte.