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diumenge, 25 d’agost de 2013

DE TU VERDAD A LA MÍA



Un sin fin de veces pregunté a la Grulla blanca cuántos minutos hay de tu verdad a la mía y otras muchas más me respondió que la paciencia. 

-Entre las verdades -añadió- no existe el tiempo ni siquiera una línea en un espacio indefinido... Tan solo se dibujan dunas que aparecen y desaparecen en los laberintos infinitos dejando un polvo mágico que se esparce por tres caminos que puedes transitar a sabiendas del riesgo de no regresar jamás. 

Quise saber más y ella lo intuyó.

-Son caminos que serpentean por paisajes llenos de precipicios y paredes de roca que arden a la salida del Sol. Uno de los caminos lo custodia el oso dormido que no se despierta nunca porque no quiere conocer la verdad y allí está, aletargado eternamente, ajeno a ella. Su reflujo es tan potente que sólo acercándote a unos metros puedes quedar contagiado de su sueño y llegar al olvido. En otro yace el guerrero herido porque su única misión es clavarle la espada a su propio corazón, constantemente, para no sentir la tentación de amar. El dolor que esparce es tan intenso que es capaz de convertir el tuyo en hielo. El tercer camino está rodeado de un jardín de estalagmitas que hacen un juego de espejos con la figura del visitante. Cada imagen reflejada pronuncia continuamente una pregunta relacionada con su existencia confundiéndole hasta el punto de hacerlo enloquecer. 

A pesar de sus advertencias, quise ir hacia ellos. O mejor aún: fui hacia ellos. Y cabalgué por las crestas del Sol con el riesgo de quedar convertida en una partícula de fuego. Llegué hasta el oso dormido y para evitar caer en su sueño profundo grabé las palabras en mi piel y las fui pronunciando con los ojos cerrados en una cantilena que repetía como una oración: he preservado tu nombre... he guardado la casa de las bestias... he cantado bajo tu ventana... he curado en mi tus heridas... he roto mi promesa y te he amado... he construido con tus sombras sueños inalcanzables... he preservado tu nombre... Y así, repitiendo una a una sin cesar, pude llegar hasta el guerrero herido. Conocedora del peligro y para evitar sentir un dolor tan profundo que se helara mi corazón, me lo arranqué antes de tomar el camino y lo escondí en la madriguera de las incertidumbres. Me encontraba ya ante él como testigo de su tormento, ajena a todo dolor y sin riesgo a morir. Pero sin corazón tampoco se da la posibilidad de aprender así que retrocedí a buscarlo y entonces sí, con mis latidos bombeando la sangre por todo mi cuerpo, pude sentir ese hielo hiriente cortando cada trozo de mi como quien segmenta los hilos de un ovillo. Antes de perecer, huí aún sabiendo que perdía la posibilidad de tener la respuesta a mi pregunta. Pensé seguir por el tercer camino y lo hice. Era apabullante recibir una pregunta tras otra. Mis oídos estaban a punto de estallar cuando, instintivamente, empecé a gritar: soy, soy, soy... A todas las preguntas les daba la misma respuesta y las estalagmitas se fueron rompiendo a mis pies dejando un desierto ante mis deseos de saber.

De manera que regresé sin respuesta, con el sin sentido golpeándome los huesos. Pero nada es en balde y algo aprendí de todo ello: uno puede recorrer todos los destinos inciertos y siempre hay cuestiones que quedan sin saberse. Desde entonces habito la espera en trigales gigantes que cobijan mis palabras de los aguaceros imprevistos. Y en cada grano de trigo escribo un verso para alimentar el alma dormida, para poner voz a los silencios, para elevar el canto hacia los días azules y las noches de Luna, para mecer con la melodía del grillo y el vaivén del mar ese gesto que haga innecesario saber, por fin, a qué distancia de tu verdad se halla la mía.

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