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dimarts, 26 de juliol de 2011

QUIERO SER SIRENA


Desde niña, los cuentos de sirenas ocuparon el lugar central de sus historias favoritas. Algo había de fascinante en esos cuerpos mitad humano y mitad animal o en esa elegancia de movimientos que sostenían una belleza seductora. Fuera lo que fuera, para Elvira la posibilidad de convertirse en sirena fue algo que estuvo ahí, permanentemente, trazando las curbas cerradas de su vida y devolviéndole la visión que éstas le habían quitado en momentos cruciales. En ese mano a mano sobre el terreno existencial, con todos los recovecos que salían a su encuentro, siempre aparecía a flote el deseo de ser lo que a simple vista no era.

Sin embargo, nada fue fácil. Empezando por su terror al agua y su incapacidad para aprender a nadar. Ese mar que contemplaba cada verano desde su casa, parecía que la esperara para medirse las fuerzas. Ya podía Elvira poner empeño y valentía intentando desamilanar sus miedos echándose al agua con su chaleco salvavidas dispuesta a hacer todas las brazadas posibles para fortalecer sus brazos y batirse contra su enemigo o acercándose a las rocas y mirar el fondo del mar como un acto de desafío. El mar casi siempre le respondía con altivez e incluso con provocación como el día que a punto estuvo de llevarse el cuerpo de su amigo Jesús y tuvieron que salir los pescadores a pelearse con las olas.

Ese fue uno de los pasajes más difíciles entre los demás. Aún después de muchos días, las pesadillas seguían acompañando sus noches. En algunas de ellas, Elvira se veía arrollada por aguas negras y cuando ya se creía muerta, se daba cuenta de que era capaz de seguir respirando desde el fondo del mar. Entonces nadando con esa facilidad que supone la fluidez del agua, una luz subterránea la conducía hacia un mundo misterioso donde vivían las sirenas. Era en ese momento, justo cuando estaba a punto de comprobar si su cuerpo había experimentado alguna transformación, que un desasosiego extraño la despertaba bruscamente. Entonces se palpaba y llena de sudor se decía a sí misma que era un sueño, pero sin saber por qué se ponía a llorar. 

En sus momentos de dudas, siempre contaba con los ánimos de su padre. Ahí estaba Francisco, sabio como lo son las personas que han aprendido a sosegar el alma incluso cuando los cañones te apuntan directamente, ayudándola a remar contra una corriente diferente a todas.

-Nunca seré una sirena -balbuceó Elvira mirando hacia el suelo.

Ese día, Francisco no intentó llevarle la contraria. Se limitó a preparar la barca con lo indispensable y llevarse a su hija mar adentro. Jamás la luna había hecho una noche tan plateada ni el crujir de las olas, un silencio más armónico. Fuera quizás por la fuerza de ese fresco líquido que cambiaba según pasaban las horas, o por la magia que ejercía en ese micromundo que habían creado padre e hija  o por tener la sensación que sostenía la vida en la palma de la mano, Elvira llegó a tierra después de tres días y tres noches con la determinación que se dedicaría a navegar.

Hay sueños que llegan con fuerza y ese se creció dentro de Elvira como un huracán. En poco tiempo vio su nombre en las portadas de los diarios más importantes y tenía ante sí, retos  que otras mujeres habían dejado a medias en el mar. Conocida como "La sirena de ocho metros de eslora azul y negra" ella misma se reía ante la ironía que le había jugado la vida. Para ella, ese era un sueño que se había hecho realidad a medias y así le confesaba a su padre lo que aún seguía siendo su verdadero deseo: ser una sirena del fondo del mar.

En su anunciada expedición solitaria dando la vuelta al mundo, Elvira quiso mantener la fecha de salida a pesar de las predicciones meteorológicas. A cada tropiezo, la experiencia de Elvira iba solventando las emergencias. Pero una noche los vientos arreciaron más de lo previsto y el mástil no aguantó. Fue todo demasiado rápido para poder secuenciar los pasos. Elvira cayó al agua sin poder sujetarse a la cuerda. Sabía que la bravura de las olas no le permitirían estar a flote más que unos minutos. Sin embargo, una extraña calma le hizo dejar su vida a un destino anunciado: Elvira se hundió entre la masa líquida negra.

Cuando sus pulmones estaban a punto de explotar, se dio cuenta que podía respirar. Fue entonces cuando vio una luz subterránea. De repente, el recuerdo de aquel sueño repetitivo de adolescente le vino a la mente con toda claridad. Sabía lo que le esperaba. Miró y ahí estaban: todas las sirenas salieron a recibirla. Estaba en casa. Podía seguirlas con la misma elegancia y rapidez que siempre había deseado tener. Entonces cayó en la cuenta: su cuerpo, ¿se habría transformado? Pensando que como tantas otras veces iba a despertarse de su pesadilla sin saber la respuesta, se apresuró a mirar hacia atrás. Esta vez la vio: una cola hermosa iluminando su nadar con zigzagueos azules y negros, como una sirena.

3 comentaris:

  1. Gràcies per convidar-me a compartir el somni de l'Elvira...per mi, un bon regal de sant! Un petó

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  2. Felicitats per aquest conte no. 100 ! Com molts dels teus contes m'ha fet volar lluny i tornar amb una sensació nova i agradable.
    Moltes gràcies.

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  3. Moltes Gràcies Alícia,
    M'encanta aquesta història de la Elvira. La lectura del teu conte,com d'altres... em fa regalar-te el meu somriure.Te'l reenvio.
    Un fort Petó-Abrasada !

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