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dilluns, 26 de setembre de 2011

LA CARTA


Había una vez, bajo un montón de escombros, una hoja con las letras desteñidas de correr de aquí para allá. Llevaba tiempo y tiempo arrastrándose por calles solitarias y caminos polvorientos, volando por copas de árboles que habían crecido con los años, descendiendo ríos de aguas rápidas y tranquilas y así estuvo vagando sin detenerse hasta que un día de sol de otoño, un niño que iba distraído jugando con la sombra de sus zapatos se la encontró.

Fue casi sin querer que su mano se le escapó para cogerla. Y cuando la tuvo consigo sintió como si hubiera conseguido dar con un tesoro lejano. Que extraña sensación, pensó. Había algo en su textura que le produjo un vuelco nada más rozarla y sin embargo aparentemente sólo era una hoja emborronada.

No tardó ni un minuto en reconocer algunos trazos. Fue al intentar leer las palabras que formaban que se dio cuenta que no estaban todas. Una extraña idea se le cruzó por la mente: ¿podrían haber desaparecido? Justo cuando estaba a punto de quitarse de la cabeza semejante estupidez, pasó el dedo por el hueco blanco que había dejado la supuesta palabra y que relucía en contraste con el tono amarillento del resto de la hoja y notó un extraño relieve. Apretando aún más la yema del dedo y poniendola al trasluz pudo ver perfectamente como, sin ningún atisbo de duda, el poso de la palabra, que había permanecido tanto tiempo en la superficie, había dejado una huella en forma de sombra. 

Toda su atención giraba alrededor de una pregunta: ¿pueden, unas palabras, decidir escaparse? ¿por qué? O quizás era más cuerdo pensar ¿por qué extraños mecanismos pueden desaparecer unas palabras escritas de un papel? Sin dejar de dar vueltas a sus interrogantes llegó a casa y se provisionó de todos los utensilios para llevar a cabo su investigación: la lupa, el líquido para hacer salir las tintas invisibles, el papel de calca y su papel de algodón capaz de reproducir cualquier trazo por muy diminuto que sea.

Y apareció ante él haciendo un juego de clarobscuro entre las palabras ausentes y presentes:

                                                                                           Figueras, 8 de Junio de 1939
Amor, Amor,

En algún lugar hay un trazo con tu luz, pero no alcanzo a verla desde esta celda. Despojado de ti y de tu sonrisa, imagino el mar cubriéndote el vientre y sueño con estar a tu lado cuando llegue el momento. Hay raíces que crecen fuertes por las adversidades que las abonan y confío que si algo me sucediera, tú sabrías querer por los dos y vivir por los dos. Dulce brisa de mi sosiego no dejes que se te lleven al otro lado, allí donde las tinieblas hacen su nido para serrar el alma y hacerla a pedazos.

Retruenan tiempos de silencio, de olvido, para dejar atrás atrocidades y vergüenzas, pero yo sólo siento tu canto para guiarme en esta soledad descarnada.

Diles a todos que estoy bien, que antes de lo que se imaginan volveré... Regresaré a nuestra cueva del Crit para hablarle a la luna de como te echo de menos, para enseñarle el mar a nuestro hijo, para llevaros en barca a los dos en busca de un mundo más ancho e infinito.

Con todo mi amor,

Raül Trueta

Alguna urgencia se despertó en el cuerpo del niño cuando, por fin, recompuso la carta. Quizás fue una corazonada de alguien que se creía en posesión de un secreto nunca sabido. El caso es que convenció a sus padres para que le ayudaran a hilvanar sus presentimientos. Era difícil tejer esa parte de la madeja con tan sólo un nombre y un lugar. Pero le llevaran a esa playa, la del Crit, y a esa cueva. Quién sabe lo que esperaba encontrar. Nunca sabría a qué mujer iba destinada esa carta. Ni qué hijo no conoció a su padre ni a sus últimas palabras... Pero en el interior de la cueva, cuando el silencio acalló hasta los latidos de sus corazones, le pareció escuchar un murmullo extraño, como de voces de cánticos que hacían resonar palabras. Palabras resueltas a llegar a su destinataria mientras la carta de donde procedían se iba perdiendo por calles y caminos polvorientos, volando por copas de árboles que habían crecido con los años, descendiendo ríos de aguas rápidas y tranquilas y así estuvo vagando sin detenerse hasta que un día de sol de otoño, un niño que iba distraído jugando con la sombra de sus zapatos se la encontró.


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