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dijous, 10 de juny de 2010

EL PISO DE ARRIBA

"Nadie supo nunca el verdadero nombre..." de la mujer que vivió en el tercer piso. Llegó sin avisar y se instaló con sigilo como lo hacen los gatos al caminar. Desde pequeños aprendimos a crear silencios en nuestra casa para imaginarnos por donde transitaba su vida a dos metros por encima de la nuestra. Era la mayor distracción y mis hermanos y yo la vivíamos con tanta expectación que ni las mejores atracciones del momento nos hubieran proporcionado nada mejor. Pero a pesar de nuestra atención por todo lo que sucedía en el piso de encima, pasábamos la mayor parte del tiempo sin saber localizarla. Incluso llegamos a hacer turnos y sacamos en conclusión que durante el día su actividad distaba bastante de ser la habitual de cualquier otra persona y que debía ser alguien más bien noctámbulo porque, curiosamente, por la noche se oían muchos más ruidos.
Con el tiempo agudizamos más nuestras investigaciones y dedujimos que habían pasos y otras manifestaciones que no eran sólo de la misteriosa mujer así que inluímos la acción de espiar por la mirilla para comprobar si subían personas extrañas hasta su puerta, pero nunca vimos a nadie. Aquí también hacíamos turnos y nos íbamos rotando todos menos la Laura. No podia. A la que se ponía de puntillas para mirar, con los nervios le entraban unas ganas horrorosas de hacer pis.
Todo ese halo misterioso fue creciendo como nuestra curiosidad insaciable y una noche decidimos echar a suertes quién de los cinco hermanos subiría hasta la puerta de su casa a llamar poniendo cualquier excusa. Le tocó a Laura, cómo no. Yo creo que puso tanto ahínco mental para que no fuera ella que consiguió el efecto contrario. Así que después de mucho convencerla, Laura subió los escalones hacia la puerta de nuestra vecina como lo hace el que recorre el último tramo hasta el patíbulo. Nosotros la instábamos desde nuestro rellano y al final puso sus nudillos en la puerta. Ésta se abrió después de tres insistencias pero al otro lado no había nadie.
El tiempo que sucedió a ese hecho que jamás esclarecimos nos llenó de preguntas que no podíamos contestarnos. Algo había pasado y nosotros éramos incapaces de entender. Una cosa sí que era cierta: desde esa noche, en el piso de arriba ya no se escuchaba más que el silencio, pero era diferente al que había antes, ahora se había convertido en un silencio ausente.
El tiempo pasó y todos guardamos esa vivencia en el rincón más oscuro de nuestra alma. Hasta que un día, por casualidad, cayó en nuestras manos un periódico cuya fotografía era de una mujer con el semblante muy igual al de nuestra vecina. Nos dejó inmovilizados leer que había muerto en extrañas circunstancias en una fecha anterior a la de su llegada al edificio. A pesar de que ya éramos mayores, un escalofrío recorrió nuestras espaldas y volvimos a guardarlo todo en el mejor escondite que el hombre ha creado: el olvido.
Semanas más tarde, alguien volvió a alquilar el piso de arriba y ese hecho nos llenó de pesadumbre. Era también alguien de pasos delicados y de quehacer silencioso. Volvió a sonar la misma música ténue que hacen los movimientos imperceptibles. Por la noche, en cambio, como en la otra ocasión, también augmentaban los ruidos, pero nosotros nunca más volvimos a escuchar a través de las puertas.

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