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dimecres, 30 de juny de 2010

JACINTA

Jacinta se preguntaba cuál sería la mejor manera de esperar la muerte. No era para hacerle ninguna petición que le concediera un deseo personal, al contrario. Estaba decidida a hablarle cara a cara y a hacer un trato con ella. A raíz de la muerte de su pequeñín y del gran agujero que aún le quedaba en el alma, ella solita había llegado a la conclusión de que la muerte necesitaba una ayudanta para ordenar las defunciones porque algún desbarajuste de agenda debía de llevar la pobre muerte para haberse llevado a su hijo con tan solo dos añitos.
Una tarde, mientras esperaba a los pies de la cama de una paisana suya, la vio llegar con su capa negra, su guadaña... tal y como todos sabemos que es la muerte y Jacinta, de forma muy campechana, le planteó la cuestión a lo que la muerte accedió con un "podemos probar" con un tono lacónico. Acto seguido, Jacinta empezó las gestiones para hacer un orden para morirse lo más ecuánime posible.
La primera idea fue hacer una lista por orden cronológico, pero los primeros candidatos a morirse no tardaron en aparecer ante la puerta de su casa bastante reticentes de aceptar su suerte. Y allí estaban ellos, mostrándole todas las cosas que aún tenían pendientes por vivir. Visto el éxito con las personas mayores de su pueblo, pensó en buscar a los enfermos, però éstos tampoco estaban dispuestos a irse al otro barrio por cualquier cosa. Es más, ahora que se daban cuenta del final inminente, buscaban ilusiones por debajo de las piedras que les hacían mejorar en cuestión de días.
Qué difícil era decidir quién se tenía que morir primero, pensaba Jacinta. Pero ella no desistía. La vida la había curtido con la tenacidad que dan los malos tragos y vamos si sabía persistir. Por otro lado, si nadie estaba dispuesto a morirse, Jacinta estaba segura que en dos días iba a recibir a la dama de negro diciéndole que se había acabado el trato y haría como siempre había hecho: seguirían muriéndose a discreción, sin saber cuándo ni cómo, con los inconvenientes que eso suponía.
En eso estaba cuando se le ocurrió ir al ayuntamiento de su pueblo y pedir una subvención para formar un grupo de Voluntarios Para Morirse, la VoPaMo. Para Jacinta, la VoPaMo tendría la función de cubrir el expediente de equis defunciones mínimas ante la muerte, y así ella ya se quedaría tranquilita, y por otra parte sufragaba los gastos de una despedida como dios manda al voluntario en cuestión. Que uno quiere morirse mirando la luna llena en una playa con todos sus amigos, pues a morirse así; que lo que quiere es celebrarlo por todo lo alto con un festejo en el pueblo, pues también. Cada deseo era concedido a pies juntillas porque era el último.
La fama con que los vecinos del pueblo de Jacinta esperaban la muerte con tanta alegría y serenidad interior se fue extendiendo a otros pueblos que aplicaron tratos similares con la dama de negro.
Y llegó el día que le tocó el turno a Jacinta. Su deseo fue muy claro: quería volver a ver a su niño. Jamás en las historias de la muerte se había permitido regresar a nadie. Era un límite infranqueable, pero la dama de negro, agradecida por toda la dedicación de Jacinta, consiguió que las Parcas cosieran un hilo invisible a su hijo y devolvérselo por unas horas. Así fue como después de reconocer su tacto suave, su voz aflautada... después de mirar en la profundidad de sus ojos de oliva mientras le cantaba todas las canciones que tenía guardadas, se fueron cogidos de la mano más allá del tiempo.

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