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dimecres, 11 d’abril de 2012

UNA HISTORIA DE PALABRAS


Érase una vez un hombre que cuando más necesitaba tener todas las palabras a su disposición, estas le abandonaban. Nadie sabía adonde se iban. Quizás, a otras bocas, o a la cueva del eco... El caso es que ahí se quedaba él, sin encontrarlas, con sus labios vacíos de sonidos y su soplido escapándose en el intento de hallar alguna palabra.

Cuando regresaban, normalmente ya de noche, justo antes de irse a dormir, se enfadaba con ellas porque no estaban cuando más las había necesitado. Entonces, se hacía el ofendido y les mostraba una fingida indiferencia, pero las palabras que lo conocían como si formaran parte de su raíz madre, se acurrucaban alrededor de su cabeza, dándose trompicones unas con otras hasta que conseguían que su mente reviviera todas las situaciones en que se había quedado mudo.

Esa era la parte del juego con la que más disfrutaban las palabras porque lo veían a él, queriendo dormir y olvidarse de todo y ellas estaban ahí, disparándose contra su cabeza como torpedos submarinos en medio de la noche.

Casi siempre ganaban las palabras. Entonces, indefenso ante los recuerdos, en el cerebro del hombre se sucedían las imágenes ya vividas, proyectándose con una insistencia impertinente y con todas a su disposición. Y cuando aparecían unas y otras, las palabras se alineaban con la mejor elocuencia que uno pudiera imaginarse y le hablaban sin parar, a trompicones, a gritos, martilleando... según las situaciones. El hombre se resistía, pero las palabras iban y venían como quien ha ocupado un terreno baldío con ansias de plantar sus tesoros.
arroces, sueños, sofisticaciones inútiles, mantel, móvil, correo, recortes, pagas.
Y de repente, una retahíla ordenada, aquella que no había salido unas horas antes:
-Solo quiero hacer hincapié que esa decisión se tomó sin tener en cuenta a las personas y desde la más absoluta irresponsabilidad. Podríamos haber volado todos por los aires. Podríamos haber perdido todo nuestro patrimonio. El traspaso de ese material requería tiempo, hacerlo de forma pausada, cuidando a las personas, tomando medidas de cada elemento a incorporar y no creer que con solo dejar las indicacions era suficiente.

Y de vuelta el baile de palabras aparecía arremolinándose.
escucha, ¿quieres dejarme en paz?, soy tonto, enlace, amansar, decídete ya, coherencia, integrar, cuidar, sin razón.

Y de vuelta el orden, un nuevo atisbo de orden que hace parar las palabras como si estuvieran ante una imagen fija.
-Siempre creí que era yo quien tenía que tomar las decisiones, quien estaba al quite de todo, que tú te limitabas a seguir mis indicaciones, pero estaba equivocado. Me he dado cuenta de tan valiosa que es tu labor. A tu manera, has conseguido darle a Ramon un equilibrio que le ha hecho crecer feliz. Gracias por estar aquí.

Otra vez, de vuelta a empezar. Uno, dos, tres, cuatro...
no, no puedo, escucha, arriba, devolver el libro, almendras dulces, escorpiones, desánimo, oportunidad, lavavajillas.

De repente el nudo se nota. Está en el estómago, en el pecho, en el hígado, en la garganta, en los pulmones que no dejan respirar...
-Perdona por no haber hablado en tu defensa. No pude. Me siento fatal conmigo, pero no supe afrontar la situación como me hubiera gustado.
elionor, cerezas, casta diva, estupor, cumpleaños, envidia, secretos, mierda, ostiaputa, cabrones de mieeeeeeeerda.

Entra aire. Respira y deja un hilo en la sutura invisible que casi no se detecta. Sale la frase que esa misma tarde se resistía y ahora está entera, lúcida, punzante.
-Eres lo más importante para mi y no me siento bien discutiendo cada día por esas nimiedades.
calor, exámenes, la bicicleta, boquerón, espárragos,caminar,luciérnaga, cuentos, sofá, libros, poemas, canciones.

la noche se nubla. Las palabras se acumulan en el punto de salida. Recuerdos sin demora aparecen en el escenario central.
-Me noqueaste. No estoy acostumbrado. Entraste hasta mi médula y te has quedado, no sé como interpretar todo esto. 
azúcar, micro, masajes, recoger, el mar. 
-pienso en tí.
silencio.

El hombre cae rendido, de nuevo, en la cama. Todo ha sido como un paisaje cambiante con el termostato imparable de los días más fríos y más cálidos. Pero ahí están todas, mirándole, observando cada reacción, entrando y saliendo de sus sombras nocturnas. No pasa nada. El hombre mantiene el silencio. Piensa. Recuerda. Siente. Va calmando sus fuerzas y, por fin, podría ponerse a dormir, pero las últimas palabras han sido tan reveladoras que, da un bote, se envuelve un pañuelo en la cabeza para que no se le escapen, se viste y sale de casa. ¿Qué es lo que le pasa?, se pregunta con extrañez. 

Sea lo que sea lo que siente, esta vez va a encontrar las palabras precisas para dejar salir todo a la luz. Así que se va hacia la casa de su amada y cuando esta le abre él le dice... Nada. De vuelta le intenta decir..., pero las palabras no salen. Están ahí, echadas a un lado, tramposas. En cambio sus ojos sacan chispas azules que se desparraman por la entrada. De sus manos, a su vez, se arremolinan olas gigantes que abrazan a los amantes hasta submergiles en un profundo deseo de perpetuidad; los gestos de él engullen partes del cuerpo de la amada y dejan flotando el latido constante del paso del tiempo, que de repente se avalanza contra los amantes y les hace saber, sin necesidad de palabras, que el mundo está listo para recibirles.                      .

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