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dijous, 22 de juliol de 2010

EL OJO DE LA CERRADURA

Mirar por el ojo de la cerradura era el entretenimiento preferido de Estefanía. Puerta que veía, puerta a la que se agachaba para mirar. Los vecinos del barrio ya la conocían y no le decían nada por fisgonear tras las fronteras privadas. A veces veía cosas muy divertidas y otras muy tristes, como cuando miró por el ojo de la cerradura de la vecina que vino de Sarajevo. Aquella mujer se trajo toda la pena consigo y ahí estaba expuesta a la vista de cualquiera que como Estefanía quisiera verla. Porque de eso se trataba: de querer ver. Sólo Ella conseguía ver esos retales de vida puestos en el proyector más diminuto de la historia y por mucho que les animara a mirar a los demás nadie conseguía ver lo que ella les explicaba.
-Hay que ver qué imaginación tiene la niña esta -decían los vecinos, incrédulos.
Sólo había una cerradura cuyo ojo no le mostraba ninguna imagen: la de su casa. Por mucho que asomara la cabeza, nunca se proyectaron ni las exigencias de su padre, ni la desesperanza de su madre ni el sufrir silencioso de sus hermanos. Con lo que necesitaba mirar esa escena desde el otro lado, como si ella no perteneciera a esa película...
Cuando su receptor de imágenes quedaba colapsado por tanta pena y miedo vividos en directo, Estefanía se iba a casa del senyor Gregorio. Esa era su preferida. Contemplándola, se sentía otra persona, libre, en paz. Desde su cerradura veía el mar. Unas aguas tranquilas mecían su barca y lo veía a él pescando tranquilamente. Más allá, veía el faro a lo lejos, pero llegados a ese punto de la historia Estefanía dejaba de ver y construía la suya propia: soñaba que vivía allí con su familia, que era otra, que la sabían querer y cuidar y ella... sentía ese sosiego que tanto anhelaba. Entonces, ya no necesitaba mirar por los ojos de las cerraduras de ninguna puerta, sólo miraba el mar y eso le bastaba.

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