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dimarts, 6 de juliol de 2010

ESE SOL ANARANJADO

En la hora anaranjada por la puesta de sol, los pasos de ella se hacían cercanos a la era de la casa. Allí dejaba su cuerpo lleno de rutinas apoyado en una piedra mientras miraba desafiante al Sol.

-Me has vuelto a engañar -le decía molesta.

-Necesito más tiempo -intentaba justificarse el Sol-. Lo que me pides no es fácil.

-Entonces no vuelvas hasta que no estés dispuesto a concedérmelo.

Y así fue como el Sol desapareció de esas tierras y las tinieblas espacieron su manto hasta dejarlo todo negro.

A partir de ese final de la jornada, la espera de ella se instaló en todo lo que hacía. Nada importaba más que el Sol llegara, por fin, y que pudiera hacer realidad su deseo. Pero ese momento parecía más lejano que nunca y la incertidumbre se hizo incómoda y se transformó en temor. ¿Acaso no piensa regresar nunca más? Se preguntaba al mismo tiempo en que se cuestionaba si su demanda estaría fuera de lugar. A su alrededor, los campos empezaban a sufrir las consecuencias de la falta de luz solar. El tiempo de estío estaba desapareciendo y en su lugar, el frío arreciaba con todo lo que encontraba a su paso.

Empezó a maldecir su deseo y lo cambió por otro mucho más esencial y urgente. Ya no le importaba su demanda, ahora sólo quería que el Sol regresara y que todo volviera a la normalidad: encontrar su rayo despertándola desde la ventana de su habitación cada mañana, su calor al salir del agua del río, los colores ocres del final del día cuando hasta el cantar de los pájaros se hace lento...

-Olvídate de mi -le suplicaba desde la oscuridad de su vida que por primera vez se había hecho clara-. Que regreses, es mi deseo. Nada más que eso.

Y en la mañana siguiente, el Sol volvió a brillar para todos y especialmente para ella. Pasó el tiempo y nunca más le volvió a pedir nada. Pero una tarde, cuando el cielo se hizo anaranjado por la puesta de sol y ella, como siempre, dejaba su cuerpo lleno de rutinas apoyado en una piedra mientras contemplaba el atardecer con un rictus de agradecimiento, el Sol, convencido de que había llegado el momento, le concedió su deseo y ella sintió transformar sus manos en alas y pudo echar a volar hacia donde las rutinas no tienen lugar.

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